Un príncipe debe ser tacaño, ya que esto le permitirá reinar.
No debe preocuparse si tiene fama de cruel, mientras que con esa crueldad pueda hacer un beneficio para la sociedad y mantenerla unida.
Debe ser temido más que amado. Además, debe evitar ser odiado o despreciado, y para ello no tendrá que tocar ni a las mujeres ni a las posesiones de sus súbditos. También será digno de odio cuando se lo considere voluble, frívolo o afeminado.
En sus actos debe reconocerse su valentía, la fuerza, etcétera.
En el caso que un príncipe no pueda evitar ser odiado por una de las dos partes, debe inclinarse por el grupo más numeroso, y cuando esto no sea posible, hacia el más fuerte.
El príncipe debe saber actuar como hombre pero también como bestia: de ellas debe elegirse al zorro (que representa astucia), y el león (que representa la fuerza).
Un príncipe deberá permanecer neutral, y solo aliarse cuando las circunstancias lo obligan.
Debe pedir consejos siempre, pero solo cuando lo considere conveniente y no cuando lo consideren conveniente los demás.